
Dónde, ayer, con Gamoneda.
Ayer no eras Leopoldo -ni María -ni Panero.
Ayer sólo eras el puzle de un hombre destrozado.
Ayer no se entendía que pudieran exhibirte,
como enano de circo en la Feria del Libro.
De Gamoneda oímos gratamente lo esperado,
mientras tú...
no podías estar a tu altura: estás enfermo.
Maldigo la ocurrencia de quien pensó en juntaros
para esa torpe entrevista de un periodista torpe,
tras de la cual nos deleitaríais con poemas.
Tú balbuceabas acerca de tus manicomios;
y sobre no sé qué envenenamientos de unos locos,
que nada tenían que ver con lo que te preguntaban.
Y bebías: bebías
cocacolas con hielo, una tras otra; y pedías más.
Y salías para orinar cada pocos minutos.
En el público hubo risas, lástima, tristeza.
Y hubo silencio cuando mascullabas
tus versos en alemán y en francés;
y en español-castellano que casi no se entendía.
Si de alguien hubo mezquindad, al menos
se pudo intuir, en ti, al poeta que has sido.
Llegó el final, y salí arrepentido
por no haberte pedido, a ti también,
cualquier dedicatoria, o firma, o simple garabato.
Perdóname, por hacerte de menos (ya sé que...
que no soy conocido ni tú te dabas cuenta,
pero... perdóname).
Porque brillabas:
brillabas, aun vencido, en tu derrota;
en tu insólito vuelo de locura,
en tu delirio.





