Instantes,
esquirlas de una hora al caer la tarde,
tiempo que pudo ser robado al Tiempo
(o así os parecía).
Instantes en un lugar cercano y tan remoto,
junto a La Ciudad Perdida,
instantes de este mayo extrañamente cautivos
por antiguos caminos que perdieron el eco
y hasta el mismo sentido de unas huellas,
entre sebes de arbustos que revientan de verde
sobre los prados verdes.
Olores de humedad y verdor tierno,
olor de bosque umbrío sobre lluvias de abril,
inmensa luz filtrada entre las ramas,
júbilo de gorriones, melodía de mirlos en las frondas,
donde un arroyo lamía -en verde copa-
los bordes de la vida.
La vida: decid qué era la vida al caer la tarde.
Instantes que inundaban el alma y los sentidos.
Dudabais si era vida o muerte dulce;
o si era un sueño dulce, sintiéndoos tan unidos.
Porque también eran los instantes de un abrazo,
ese melado abrazo que os mantuvo callados
y daba aún más sentido de que todo latía.
Allí, los dos, sintiendo esa fortuna, sintiéndoos
tan próximos, tan grandes, tan pequeños,
queriendo inútilmente anclar la vida
sobre aquellos instantes,
sin querer mirar... el reloj.
¿Tan sólo eran instantes? ¿Así os parecían?






